Artículo
Cuándo debemos juzgar
3 de febrero de 2026 · Por Joaquín Novoa

Cuando una pareja llega a consulta suele traer una fatiga que no se dice en voz alta. Se sientan uno al lado del otro, pero no exactamente juntos. No solo están cansados el uno del otro: están cansados de no poder entender qué les pasa. Y junto a esa fatiga aparece una expectativa silenciosa -a veces insinuada, a veces muy explícita-: que uno actúe como juez. Alguien capaz de ordenar el caos, de establecer "lo que realmente ocurrió", de ofrecer por fin una verdad que permita dejar de discutir. Una especie de tribunal interno donde por fin se pueda dictaminar quién tiene razón.
Tarde o temprano, surge una escena así:
– Yo siento que me menosprecia, sobre todo cuando estamos con otras personas. El fin de semana le dije: mira, esas lámparas son iguales a las de la casa. Y él ni me miró. Se dio vuelta y siguió conversando, como si yo no estuviera.
– No fue así. No escuché lo que dijiste, y me di vuelta para tomar una servilleta…
Entonces se abre un expediente imaginario. Cada uno describe una reconstrucción minuciosa de la noche: dónde estaba sentado, quién habló primero, cuántos segundos tomó ese gesto que al otro le dolió tanto. Y mientras hablan, buscan la mirada del terapeuta. No lo dicen, pero esperan que uno indique el veredicto: quién recuerda mejor, quién interpretó mal, quién está siendo injusto.
Es una tentación enorme entrar en ese juego. Intentar aclarar la escena. Ser imparcial, exhaustivo, justo. Sobre todo porque los ejemplos reales rara vez son tan simples: están hechos de matices, palabras a medio decir, heridas antiguas que se activan sin que nadie lo note. La complejidad invita a creer que si pudiéramos entender bien el episodio, podríamos entender bien el conflicto. Pero por eso mismo el ejemplo es simple: para mostrar que lo ocurrido importa menos que lo que representa.
No es relevante -no en el fondo- si él escuchó o no. Si se giró para tomar una servilleta o para seguir conversando. Si ella habló bajo, si el restaurante estaba ruidoso, si el gesto fue brusco o torpe. Nada de eso resuelve lo esencial: ella se sintió menospreciada. Y esa sensación no nace de un evento aislado, ni de un descuido puntual. Es demasiado profunda, demasiado significativa, como para surgir de un solo episodio. Detrás de una herida así, siempre hay una historia.
Puede ser la de un hombre que, sin darse cuenta, se desconecta en los espacios sociales y deja a su señora sola. O la de una mujer que carga con críticas antiguas y escucha cualquier indiferencia como una repetición. O la de alguien que nunca recibió ternura en su infancia y no sabe expresar la que sí siente. O la de quien se aferra demasiado porque teme, en un lugar muy interno, volver a ser abandonado. Cuando alguien dice "me dolió que no me miraras", lo que en realidad está diciendo es: "Hay algo en nuestra historia que viene doliendo hace mucho".
¿Cuándo, entonces, toca ser juez? Nunca. Tampoco toca nunca ser detective. No es posible -ni útil- establecer la verdad de un recuerdo cuando lo que está en juego no es la memoria, sino la experiencia emocional que acompaña ese recuerdo.
El trabajo está en otra parte: en ayudar a la pareja a escucharse sin convertir cada gesto en evidencia. A traducir la herida sin usarla como arma. A recordar, casi con delicadeza, que el cariño que los trajo a consulta, merece un lugar donde pueda evidenciarse otra vez.
Porque la mayoría de las parejas que buscan ayuda no están luchando contra la falta de amor, sino contra la forma dolorosa en que ese amor se ha ido expresando. Y cuando logran mirarse sin pedir juicio ni confirmación, aparece algo más verdadero que cualquier sentencia: una disposición a entenderse, y a intentarlo de nuevo sin tanta defensa de por medio.
Por Joaquín Novoa




