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Muy bien, María

18 de septiembre de 2026 · Por Joaquín Novoa

Muy bien, María

Hace algunos años me tocó ir a varios funerales en un tiempo más bien corto. Ninguno era de un cercano. Yo estaba ahí como tercer contacto del difunto, ese que va a acompañar al que acompaña.

Conviene decir que fui un niño muy inquieto y que pasé catorce años en un colegio católico donde había que ir a misa. Obligado, por supuesto. De ahí salí con una habilidad extraprogramática: la de abstraerme por completo y viajar por mis pensamientos, que ocurrían en un tiempo distinto del de la iglesia, de modo que cuando volvía a aterrizar sobre mí mismo la misa llevaba ya un buen tramo resuelto. En general me traía de vuelta la parte en que hay que ponerse en fila para comerse a Jesús. Después me ponía a conversar con mis compañeros, y justo antes de que el profesor me mandara a inspectoría, el cura decía que ya podía irme en la paz del Señor.

Para cuando llegaron esos funerales yo tenía un mejor control de impulsos y podía mantener la calma buena parte de la ceremonia. Aprovechando esa nueva habilidad, y además porque me importaba el rito del que estaba siendo parte, decidí que ya era hora de ponerle atención, de una vez por todas, a lo que decía el cura.

Fueron tres misas en total, y recuerdo haberme sorprendido con la similitud de las tres narrativas. De una de ellas, sin embargo, recuerdo las palabras exactas. Se había leído una historia de la Biblia donde María andaba por ahí con una prostituta y dos tipos cualquiera. Alcancé a pensar que los papás de esa adolescente María eran más bien descuidados con la clase de amistades que hacía su hija. Pero lo que en verdad grabó el episodio en mi memoria fue lo que dijo el sacerdote: La virgen María era muy buena y muy santa, porque siempre se preocupaba por los demás.

Muy bien, María, pensé. Pero la oración seguía: Siempre se preocupaba por los demás, y nunca se preocupaba por sí misma.

La idea me era absolutamente familiar; la había escuchado de fondo en esos viajes mentales de mi infancia. Pero ahora, escuchada de frente, no me gustó. Se habrá expresado mal, pensé. No se había expresado mal: lo repitió una y otra vez, en distinto orden y con distintas palabras. El mensaje era categórico. La bondad, la santidad, se componía de dos elementos: el amor por el prójimo y el abandono de sí mismo.

En esa época yo ya atendía pacientes hacía algunos años. Y circulaba por las redes sociales un mensaje del tipo ponte a ti mismo en primer lugar, exactamente lo contrario de la Virgen. A esas alturas, además, lo del cura ya no era cosa de curas: hacía rato que estaba secularizado y se escuchaba igual de completo en boca de gente que no había pisado una iglesia en su vida.

Y yo estaba del lado del cura, aunque no me habría gustado que me lo dijeran así. Ponerse a uno en primer lugar me sonaba egoísta, individualista, narcisista, egocéntrico. Todas, en el peor sentido de cada palabra.

Mi problema era que por ese tiempo tenía al menos tres pacientes que comulgaban enteramente con ese eslogan. Y con ellos me pasaba algo que me pasa seguido: me parecían personas maravillosas. Amables, cálidas, alegres, generosas, consideradas. No cuadraban.

Había, en cambio, un tipo de paciente que no tenía. Los conocemos todos, pero para los psicólogos es prácticamente imposible hacernos con uno de ellos en su presentación más pura. Me refiero a los Vírgenes Maríos: los que siempre se preocupan por los demás y nunca se preocupan por sí mismos. No es ninguna sorpresa que rara vez nos visiten, porque ellos ayudan, pero no piden ayuda. Hay una frase que usan de lema: No quiero molestar a nadie con mis problemas.

Y ahí hay algo que nunca me terminó de cerrar. Si ayudar es bueno —y lo es, eso no lo discute nadie—, ¿en qué momento ayudarlos a ellos se vuelve algo malo? Porque eso es exactamente lo que pasa. El Virgen Marío reparte una cosa que considera valiosa y se niega a recibirla. Priva al otro de ayudar, lo que sin quererlo, es también privarlo de sentirse bien. Es asistencialista y no se deja asistir. Y se supone que hay una bondad en eso, en ese abandono.

Lo cierto es que los Vírgenes Maríos lo entendieron todo mal, y terminan convertidos, demasiado seguido, en exactamente lo contrario de lo que esperan ser: un foco de preocupación, de lástima y de frustración para quienes más los quieren.

Conviene mirar dónde vive esa preocupación. Porque, en el fondo, los terceros no se preocupan por los problemas de la persona. Se preocupan porque no los comunica y no se deja ayudar. O, peor todavía, porque sí los comunica, pero igual no se deja ayudar. Y hay una versión de esto que llega a ser francamente hostil: el que cuenta lo que le pasa, recibe el ofrecimiento, y se abruma o se enoja si hay alguna insistencia en prestarle ayuda.

Me tomó un tiempo, pero con esos tres pacientes terminé por entender cuál era la lógica que había detrás de ponerse en primer lugar, y no se parecía en nada a lo que yo suponía. Me sorprendió, y quizás por eso me removió tanto. Se podría decir así: soy una persona valiosa, merezco respeto, cuidado y ayuda; merezco lo mejor de todas las cosas y, por lo tanto, tú también. Descubrí que, para ellos, no se trataba de ellos: se trataba de todos. Descubrí que el primer lugar no era uno: había un primer lugar por persona.

Y esa igualdad no era solamente de valor. Era también de capacidad. Al otro lo veían con la misma capacidad de ayudar, de escuchar, de contener, con la que se veían a sí mismos. Pedir no era descargarse encima de alguien: era suponer que el otro podía, igual que ellos podían.

Los Vírgenes Maríos hacen exactamente lo contrario, y ahí está la trampa. Se perciben a sí mismos con esa capacidad —ayudan, escuchan, sostienen, y lo viven como algo bueno, tal vez como lo mejor que hacen—, pero no se la reconocen a nadie más. Para los demás, ayudar sería una carga, una molestia, algo que no tienen cómo dar o que no tienen ganas de dar. De modo que no quiero molestar a nadie con mis problemas dice, sin proponérselo, algo bastante menos generoso de lo que suena: que uno tiene capacidad de sobra y que a los demás apenas les alcanza para ellos mismos.

Eso que pasa por buena intención es también, en rigor, una subestimación. El que nunca pide está afirmando con sus actos, es decir, sin decirlo, que él sí puede y que el resto no.

Y con esos mismos tres pacientes había una segunda cosa, menos amable y bastante más interesante. Ellos se ponían en primer lugar en cuanto a la responsabilidad consigo mismos. Eran, por lejos, los principales responsables de su propio bienestar. Nadie podía hacer por ellos lo que ellos necesitaban que se hiciera.

Lo cual, dicho así, es cierto para cualquiera. Nadie puede salir a trotar por mí, en el sentido estricto de salir a trotar. Nadie puede decir por mí lo que pienso, ni poner por mí mis límites. Si alguien frena a un tercero para que no cruce un límite que me daña, no lo hace por mí: lo hace a pesar de mí.

Y hay algo más, que nadie dice pero que pasa todo el tiempo. Basta preguntarle a alguien que cuida deliberadamente de sí mismo más que el promedio —el que medita, el que hace yoga, el que va a crossfit, hasta el que reza— por aquello que hace, para que termine molestándonos a nosotros para que lo hagamos también. Para que nos hagamos ese bien. Ninguno presiona más de la cuenta; es una propuesta de buena fe y nada más. Pero viene de un lugar donde se entiende que ahí no hay pasos que enseñar: no hay receta, es hacerlo y ya. Lo que hace falta es la convicción de que cuidarse es una prioridad, y eso no se comparte a la fuerza. Así que ofrecen, y no insisten.

A fin de cuentas, los dos elementos del cura estaban bien vistos y mal pegados. El amor por el prójimo no viene con el abandono propio incluido; son cosas separadas, y la segunda ni siquiera es una virtud. Es una manera de quedar fuera del alcance de los demás, escondido tras un disfraz de misericordia. Lo que hacían mis pacientes, en cambio, era tratar al otro como a un igual en las dos cosas que importan aquí: en lo que merece y en lo que puede. Y eso se parece bastante más a querer al prójimo que lo otro.

La Virgen María, pobre, no tiene la culpa de nada. Pero el que se abandona a sí mismo no está queriendo mejor al prójimo. Lo que pasa en realidad es que se va volviendo más frágil, más vulnerable y, eventualmente, más incapaz de ayudar a otros. El bombero que se lanza al fuego sin traje ni casco no es el que salva a más gente. En las películas sí; en los incendios no. Casi siempre termina siendo una víctima más, de las que hay que entrar a sacar. Por eso ningún bombero lo hace. Y por eso también existe el cliché más gastado de todos: en un accidente de avión, ponte primero tu propia mascarilla. No es que uno sea más importante; es que nos necesitan bien. El que pueda asistirse solo, que lo haga, porque hay algunos demasiado jóvenes o demasiado viejos que de verdad van a necesitar a alguien con fuerza —y no medio asfixiado— que pueda asistirlos. Así que habría que ver, quizás, cuánto trabajo puede llegar a darles a los demás alguien que no quiere molestar a nadie.

Por Joaquín Novoa

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