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Totalmente de acuerdo
3 de septiembre de 2026 · Por Joaquín Novoa

Hay una escena común, que durante años presencié en silencio en la consulta, sin que me llamara la atención. Alguien cuenta algo importante —el nacimiento de un hijo, una muerte, un trabajo irremediable, un año que empezó y terminó casi al mismo tiempo— y lo cierra con una frase que los dos ya conocemos, que todos conocemos. Un cliché. "Ser padre te cambia la vida", "Nunca pensé que me iba a pasar algo así", "El tiempo pasa volando". Y yo asiento. Los dos asentimos. Y seguimos.
Durante mucho tiempo pensé que asentir era acompañar. Ahora creo que la mayoría de las veces es casi lo contrario.
Los clichés, esas frases hechas. Todos los conocen, aunque nadie sabe de dónde vienen. Están los clichés fáciles, los cotidianos. "Mientras vivas bajo mi techo, se hace lo que yo digo", "Te lo digo por tu propio bien", "Tengo que aprender a quererme a mí mismo", "Me toca asumir las consecuencias", "Estoy desperdiciando mi potencial", "Cuando seas mayor lo vas a entender". Nadie los estrenó; llevan generaciones circulando y siguen intactos, lo que ya debería hacernos sospechar.
Lo que tienen en común es que producen algo distinto de lo que buscan, y, al menos la mitad del tiempo, eso distinto es resistencia. El primero no produce respeto por las reglas de la casa: produce ganas de irse. En el mejor de los casos deja la sensación de que en esa casa a uno no lo entienden, y en el más frecuente deja simplemente fastidio. Que "te lo digan por tu propio bien" se escucha como preocupación. Pero se siente como presión; presión para cambiar algo que todavía parece imposible. Con el agravante de que viene envuelto en cariño y por lo tanto no se puede pelear de frente. El que dice "estoy desperdiciando mi potencial" cree estarse dando un impulso, pero en el fondo lo vive como el cobro de una cuenta que ya venía en rojo. Y así con todos. Recibidos, dados a otros o a uno mismo.
Podría detenerme ahí y poner de título "Las familias aconsejan mal". Pero lo que me interesa está en el otro grupo, el de los clichés que no encuentran resistencia alguna.
Porque nadie discute que "el tiempo pasa volando". Nadie levanta la mano para preguntar si de verdad "ser padre te cambia la vida". Nadie le pide precisiones al que dice que está cansado de que sea "siempre lo mismo". Son frases más hondas que las anteriores, tocan cosas serias, y justamente por eso pasan sin control. Se asiente. Y se pasa a la siguiente idea. O, lo que es lo mismo, se salta la idea.
Esto último no es una manera de decir. Saltarse una idea y aceptarla del todo casi siempre terminan siendo la misma operación.
El problema del cliché no es que sea mentira. Es que es verdad, y esa verdad llega tan armada que ya no deja nada que pensar. Una frase falsa, o incluso una imprecisa, invita a discutir, y discutiendo uno se hace cargo de algo. El cliché no ofrece esa oportunidad: se acepta de inmediato, se acepta tanto, que desaparece. Y al desaparecer se lleva con él la cosa que estaba nombrando.
Cuando pregunto "¿Cómo te ha cambiado la vida?", aparece un silencio raro, de persona a la que nadie le había hecho esa pregunta. Alguien que es tomado por sorpresa justamente por lo que acaba de decir. Y lo que sale después casi nunca es lo que uno esperaría. Alguna vez fue que había dejado de tener un lugar donde estar solo. Otra vez fue que el hijo le cayó bien recién a los dos años, y que eso lo tenía avergonzado hacía rato. También hubo una vez en que fue el miedo: cosas que antes no le importaban nada —un auto que frena fuerte, una fiebre de un día— y que ahora lo dejaban despierto. Ninguna de esas tres cabe en "ser padre te cambia la vida", aunque la frase, por supuesto, sea cierta para todas.
Con "el tiempo pasa volando", ocurre algo parecido. Uno pregunta qué pasó este año y a veces la respuesta es que no pasó nada que valiera la pena recordar. No es que el tiempo voló. No hubo nada que lo detuviera, que es un asunto bastante distinto y bastante más inquietante. Y "estoy cansado de que sea siempre lo mismo" es probablemente el mejor ejemplo, porque es una frase que todos entienden y que significa cosas de universos distintos. Uno está cansado de su trabajo, otro de la injusticia social, otro de los problemas de su familia, un cuarto de sí mismo. La frase les sirve a los cuatro y por eso no le sirve a ninguno.
Hay algo que suele pasarse por alto, y es que el que se salta la idea no es solamente el que escucha. El que habla también. El cliché viene hecho, cabe en cualquier parte y nadie lo va a revisar; es una manera bastante eficiente de no averiguar lo que a uno le pasa. Uno lo dice, el otro asiente, y el asunto queda cerrado sin que nadie lo haya abierto. Se necesitan dos para eso.
Visto así, la comparación entre los dos tipos de cliché queda al revés de lo que uno diría al principio. El cliché cotidiano, casero, funciona mal: irrita, empuja para otro lado, deja al hijo con ganas de irse de la casa. Y hay que decir que lo que se resiste ahí no es tanto la idea como la frase misma, esa que llega derribando cualquier defensa posible. Pero al menos deja a alguien resistiendo, es decir, a alguien que no se quedó tranquilo. El otro tipo es todavía peor, porque no deja nada de eso. No hay resistencia. Mucho menos reflexión. Deja dos personas de acuerdo, que es la conversación más muerta que existe. Y una idea que se cuestiona, aunque sea de mala manera, sigue estando ahí; una que se acepta entera desaparece. Entre algo cuestionado y nada, mejor lo cuestionado.
Por eso una parte de mi trabajo, más grande de lo que me habría gustado admitir hace unos años, consiste simplemente en no asentir. No contradecir tampoco, que sería otra cosa y bastante inútil. Preguntar. "¿En qué?", "¿A qué te refieres?", "¿Y eso qué tuvo de raro?". Son preguntas pobres, novatas, hasta torpes, y encima interrumpen el ritmo de alguien que venía hablando cómodo. Pero es ahí, justamente, donde aparece la persona que estaba detrás de la frase.
No desconfío de los clichés porque sean falsos. Desconfío de ellos porque son verdad, y porque esa verdad viene cerrada de fábrica, de modo que nadie tiene que hacer el trabajo de descubrirla por su cuenta. Sospecho que muchas cosas importantes de la vida de uno están guardadas justo ahí, dentro de frases con las que todo el mundo asume que está totalmente de acuerdo.
Por Joaquín Novoa




