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El peaje
22 de agosto de 2026 · Por Joaquín Novoa

Antes de cualquier cosa que nos cueste, hay un momento. Cambiarse de trabajo, entrar a un taller de no sé qué, invitar a alguien a salir, decir en voz alta algo que se viene guardando, enfrentar un conflicto que ya lleva meses instalado. Nadie parte en seco. Primero está ese rato previo, que a veces dura minutos y a veces dura años, en el que todavía no hacemos nada pero ya estamos completamente ocupados con el asunto.
Ahí adentro pasa bastante. Contemplamos, fantaseamos, inventamos caminos posibles, evaluamos alternativas, ensayamos frases, imaginamos la cara del otro, calculamos qué diría, qué diríamos, cómo terminaría. Y hacemos todo eso con una particularidad notable: dándole muy poco en el blanco a la realidad. Las conversaciones que ensayamos no son las que después tenemos. Las escenas que armamos no ocurren como las armamos. Es un trabajo enorme y casi siempre inútil, en el sentido estricto de que no sirve para lo que creemos que sirve.
Es curioso que para hablar de esto usemos casi siempre metáforas físicas. Dar el salto. Tirarse a la piscina. Hay algo en el cuerpo que reconoce el momento aunque el asunto sea del todo abstracto. Y la imagen de la piscina es especialmente buena, porque señala exactamente dónde está el problema: el que está parado en el borde no siente el frío del agua. Lo imagina. Y eso que imagina es lo que lo tortura.
Estar en el umbral es más difícil que cruzarlo, y más difícil que estar del otro lado.
Lo he mencionado antes, de pasada, en “Ojalá te resulte”: es mucho más dura la anticipación de algo que nos cuesta, que estar en eso que nos cuesta. Es más pesado pensar en ir al gimnasio a levantar unas pesas que estar levantando las pesas. Es más duro pensar en una conversación difícil que estarla teniendo. Cualquiera puede comprobarlo con su propia semana. Y aun así, cuando llega el momento, volvemos a creer que lo que viene es peor que lo que estamos sintiendo justo ahora.
Creo que lo que ocurre en ese umbral es una diferencia de naturaleza, no de intensidad. La experiencia real, cuando por fin llega, es una sola. Ocurre una vez, dura lo que dura, viene con datos —la cara del otro es esa cara y no otra, el agua está a esa temperatura, las pesas pesan lo que pesan— y sobre todo viene con algo que hacer. El cuerpo se ocupa. La atención se va al asunto y no a uno mismo. Y por eso la experiencia es, casi siempre, abarcable.
La experiencia imaginada, en cambio, no tiene ninguna de esas propiedades. No ocurre una vez: ocurre todas las veces que la repitamos, y la repetimos mucho. No tiene datos, y donde no hay datos la mente pone la peor versión disponible, que además puede ir empeorando en cada pasada. No termina, porque nada la interrumpe. Y no ofrece nada que hacer: no hay acción posible, solo hay rumiación, que es justamente pensar sin la posibilidad de resolver. Eso es lo que agota. No estamos sufriendo la cosa; estamos sufriendo nuestra maqueta de la cosa, y la maqueta no tiene límites que la contengan.
Puesto así, es un poco absurdo. Le tenemos más miedo a lo que fabricamos que a lo que existe. Y en la consulta uno lo ve todo el tiempo, con una asimetría que a mí ya me parece definitiva: mucha gente vuelve diciendo alguna versión de “no fue tan terrible como pensaba”. Casi nadie vuelve diciendo que fue peor.
No estoy diciendo, por si acaso, que las cosas difíciles no sean difíciles. Algunas conversaciones salen mal. Algunos cambios duelen. La invitación puede terminar en un no. Lo que digo es más modesto y más útil: buena parte de lo que sentimos antes no es una anticipación de eso, no es una medición, ni un aviso, ni información sobre lo que va a pasar. Es el costo de estar en el umbral. Es un peaje que estamos pagando por quedarnos parados ahí, y que suele ser más caro que el pasaje entero.
Tampoco creo que esto se arregle con una técnica. Nos va a seguir pasando siempre; a mí me sigue pasando. Pero saber de dónde viene el tormento cambia algo, y no es poco: permite dejar de leer ese malestar como un pronóstico. Cuando uno está en el borde de la piscina, lo que siente no le está informando cómo está el agua. Le está informando que está en el borde.
Y quizás por eso mismo nunca vemos a alguien que ya se tiró seguir pensando en el frío. Adentro hay otra cosa que hacer: nadar. Cruzar el umbral no elimina la dificultad; la cambia por algo bastante más soportable, que es una tarea.
Por Joaquín Novoa




