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¡Me enamoré de ti, no de tus mañas!

28 de octubre de 2026 · Por María de los Ángeles Romero

¡Me enamoré de ti, no de tus mañas!

Hay algo curioso en las relaciones humanas: las personas que más queremos suelen ser también las que más nos desesperan o nos sacan de quicio. Amamos a nuestra pareja, pero nos molesta que deje la ropa tirada a centímetros del canasto. Adoramos a nuestros hijos, pero no entendemos cómo pueden demorarse cuarenta minutos en ponerse los zapatos. Queremos a nuestros padres, pero basta que nuestra madre nos pregunte "¿Vas a salir así vestida?" para volver a sentirnos adolescentes.

¿Por qué ocurre esto? El psicoanálisis vincular, desarrollado por autores como Janine Puget, Isidoro Berenstein y Rodolfo Moguillansky, nos propone una idea tan sencilla como difícil de aceptar: el otro es otro, no una extensión de nosotros mismos. Tiene sus propios pensamientos, deseos y maneras de vivir. ¡Y no vino al mundo con la misión de cumplir nuestras expectativas!

El mito de la media naranja

Desde pequeños nos enseñaron que el amor consiste en encontrar a nuestra "media naranja", esa persona maravillosa que nos entiende sin hablar y adivina nuestras necesidades. ¡Qué romántico! Hasta que descubrimos que nuestra media naranja ronca, llega tarde y quiere hacer trekking a las siete de la mañana mientras nosotros soñamos con dormir hasta las once.

Rodolfo Moguillansky nos invita a cuestionar esa creencia de que, si dos personas se aman, deberían pensar igual y vivir en perfecta armonía. El amor no elimina las diferencias y los conflictos no necesariamente significan que una relación esté fracasando. Podemos querer profundamente a alguien y, al mismo tiempo, encontrar insoportables algunas de sus costumbres. El verdadero desafío no es convertirnos en una sola persona, sino aprender a estar juntos siendo diferentes.

El manual invisible: expectativas que nunca conversamos

Muchas de nuestras discusiones nacen de expectativas que nunca hemos conversado. Por ejemplo, uno piensa que amar significa llamar todos los días, mientras el otro cree que amar también significa respetar los espacios personales. Son lo que Moguillansky llama "teorías implícitas": una especie de manual invisible que aprendimos en nuestra familia y cultura sobre cómo deberían comportarse las personas que nos quieren.

El problema es que ¡nadie recibió el mismo manual! Entonces aparecen los reproches: "¡Si me quisieras, sabrías lo que necesito!", "¡Nunca me escuchas!", "¡Siempre haces lo que quieres!".

Del reproche a la curiosidad

El psicoanálisis vincular propone algo diferente: transformar el reproche en curiosidad. En lugar de preguntarnos "¿Por qué no puedes ser como yo?", intentar decir "¿Qué significa esto para ti?" o "¿Por qué lo ves de esa manera?". Comprender al otro no significa darle siempre la razón ni aceptar malos tratos, sino reconocer que su experiencia puede ser distinta de la nuestra.

No todo se explica por la infancia

Otra idea importante es que no todo lo que nos ocurre en nuestras relaciones se explica por nuestra infancia. Nuestra historia influye, por supuesto, pero las personas con las que nos relacionamos también nos afectan y transforman. Imaginemos a alguien que reclama: "¡Me carga que nunca laves los platos!", y recibe como respuesta: "Quizás te molesta porque tu papá nunca ayudaba en la casa". Puede ser, ¡pero los quince platos sucios siguen ahí desde el lunes!

El psicoanálisis vincular nos invita a mirar tanto lo que traemos de nuestro pasado como aquello nuevo que ocurre en el encuentro con otra persona. Una pareja, un hijo o una amistad pueden enseñarnos maneras de pensar y sentir que nunca habíamos imaginado. No somos solamente el resultado de nuestra historia: también nos vamos construyendo y transformando a través de nuestros vínculos.

¿Qué busca la psicoterapia vincular?

No se trata de encontrar culpables ni de convertir al terapeuta en un árbitro que decide quién tiene la razón. Se trata de comprender qué ocurre entre las personas, qué espera cada una y por qué ciertas diferencias generan tanto sufrimiento. A veces el cambio más importante no consiste en lograr un acuerdo, sino en poder decir: "Sigo sin pensar como tú, pero ahora entiendo mejor lo que sientes".

Porque amar no significa pensar igual, sentir igual ni querer siempre lo mismo. Significa aprender a encontrarnos sin dejar de ser nosotros mismos. Y quizás, la próxima vez que nuestra pareja deje los calcetines al lado del canasto, podamos recordar que el otro es otro… aunque, por supuesto, ¡eso no significa que no pueda aprender a meterlos adentro!

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