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El adicto funcional

3 de febrero de 2026 · Por Joaquín Novoa

El adicto funcional

En el trabajo con personas que tienen problemas relacionados al uso de sustancias, es frecuente que tanto los pacientes como sus familias tengan poca claridad respecto de qué permite identificar una adicción. Incluso cuando el consumo es frecuente y excesivo, muchos llegan a evaluación convencidos de que, aunque reconocen un abuso, eso no los convierte en adictos.

Algo de esto tiene que ver con los parámetros sociales distorsionados sobre el consumo. Pero también con la idea, repetida una y otra vez, del adicto funcional. A menudo, la evaluación -profesional o no- se hace sobre la base de cuán bien la persona sigue funcionando: si mantiene su trabajo, cuida a su familia, conserva amistades, hace deporte, paga cuentas, cumple horarios. De ahí brotan frases conocidas: "¿Cómo voy a ser alcohólico si trabajo, mantengo a mi familia y voy al gimnasio?".

En esta lógica, los adictos serían solo quienes han dañado esos ámbitos de sus vidas. Los demás, quienes funcionan bien, quedarían automáticamente fuera de la categoría. Pero esto nos plantea una paradoja porque, visto así, los adictos funcionales, no serían adictos.

Lo que pocos saben es que la mayoría de las adicciones conviven, durante largo tiempo, con una vida que parece normal. Salvo en casos muy extremos, el deterioro no aparece de inmediato. Con sustancias como el alcohol, la marihuana o la cocaína, es común que las personas cumplan con su rutina, alcancen metas y mantengan responsabilidades incluso después de haber desarrollado un uso problemático. Que ese daño se note o no dependerá de muchas cosas: la cercanía de quienes observan, el tipo de exigencias de la vida cotidiana, la biología de la persona, su estilo cognitivo, sus recursos emocionales.

Ser funcional y ser adicto no son condiciones excluyentes. Y esto no ocurre solo con las drogas. Pasa también con muchos comportamientos dañinos: trabajar de más, dormir poco, moverse casi nada, vivir pegados a pantallas, comer mal. Gran parte de eso puede sostenerse por años sin que se derrumbe lo laboral, lo familiar o lo social. Es posible rendir, amar, producir, conversar y hacer planes. El costo físico y emocional se acumula, pero se acumula en silencio.

El cuerpo y la mente soportan un maltrato terrible antes de quebrarse. Algunos piden ayuda antes de que el daño se vuelva irreversible. Otros llegan tarde —si es que llegan—, y son justamente ellos quienes reciben el nombre de adictos: quienes dejaron de importarles cosas que antes sí importaban, quienes eligieron la droga por sobre la familia, por sobre el trabajo, por sobre sí mismos.

Pero los demás, los llamados "adictos funcionales", quedan en una categoría cómoda: sí consumen, sí sufren, sí pierden control, pero funcionan. Y por funcionar, creen estar a salvo.

No pensamos en que el peligro real no está en el derrumbe, sino en lo que ocurre mucho antes: cuando la droga resuelve problemas, cuando alivia, cuando ordena algo interno, cuando parece hacer la vida más llevadera. Ahí es donde se instala y toma posición. No irrumpe; acompaña. Va moldeando rutinas, ajustando horarios, justificando excepciones, ofreciendo un atajo emocional cada vez que sea necesario.

Y la persona avanza, convencida de que todavía dirige el proceso. Tiene tropiezos, alguna pelea, un mal día en el trabajo, una ausencia que no debió ocurrir. Nada demasiado grave. Nada que no pueda arreglar. Después de todo, sigue funcionando; ese es su argumento. Hasta que en algún momento -generalmente inesperado y siempre evidente mirando hacia atrás- se da cuenta de que aquello que al principio organizaba, calmaba y sostenía, ahora exige, restringe y hiere. Que ya no queda tanto espacio para elegir. Que lo que antes era apoyo ahora es peso.

El adicto funcional existe solo como categoría social, como intento de suavizar la palabra. Clínicamente, no describe nada real. Con el pasar del tiempo, aunque los demás sigan viendo a alguien que funciona, la persona sabe que ya no funciona igual. Que ya no es como al principio. Que algo que parecía estar bajo control en algún momento, inadvertidamente, dejó de estarlo.

Lo que casi nadie imagina es el profundo desprecio —a veces vehemente, a veces silencioso— con el que muchos adictos hablan de la misma droga que, ese día, volverán a consumir. Y aun así, al día siguiente se levantarán como siempre. Cumplirán. Rendirán. Quizás, hasta sea un día para lucirse en una reunión.

Por Joaquín Novoa

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