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Ojalá te resulte
21 de agosto de 2026 · Por Joaquín Novoa

Hay cambios que no se juegan en un acto, sino en una repetición. Comer mejor, hacer deporte, meditar, dormir a una hora decente, estudiar. Nada de eso se consigue una vez; se consigue varias veces, cada vez, y ese es un desafío. Otro es que esos cambios generan ambivalencia: el que come sano igual disfruta más una hamburguesa que una endivia, y el que cuida su sueño también tiene días que le quedan demasiado cortos. Como suponemos que lo que falla ahí es la disciplina, el diagnóstico que llega a la consulta es casi siempre el mismo: “Me falta voluntad”.
Es una frase que llega con algo de vergüenza y con una utilidad notable: explica todo y no explica nada. La persona queda ubicada en un lugar incómodo pero conocido, el de siempre: “el único que se interpone entre lo que quiero y yo, soy yo”. Para variar, soy mi peor enemigo. Y si el enemigo soy yo, la solución tiene que ser también mía y, obviamente, moral: apretar los dientes, ser más disciplinado, querer más.
He escrito antes sobre esto desde otros ángulos. Sobre el yo futuro que nunca llega más preparado, y sobre cómo el sentido antecede a la decisión y la motivación aparece después. Pero esos textos se ocupan del inicio: cómo se parte. Lo que quiero mirar aquí es lo que viene después, porque una decisión bien tomada no garantiza nada si al día siguiente hay que tomarla de nuevo. Así, uno podría estar partiendo para siempre.
Y aquí me sirve algo que aprendí en otro lugar.
En el trabajo con adicciones uno se entera pronto de que la abstinencia parcial, la inmensa mayoría de las veces, no funciona. Eso lo sabe cualquiera que haya estado cerca del tema. Lo que casi nadie sabe es lo otro, menos intuitivo y bastante más interesante: la abstinencia total es más fácil que la parcial. No es que sea más eficaz nada más; es que cuesta menos. Mucho menos.
La razón es simple y no tiene que ver con la fuerza que se tiene, sino con la que se requiere. El adicto que se está sanando decide mantenerse así, y esa decisión se sostiene precisamente porque no se está reevaluando todo el tiempo. No hay que entrar cada tarde en una negociación privada sobre si hoy sí u hoy no. Hay una decisión general y a ella se aferra. La abstinencia parcial, en cambio, obliga a decidir otra vez en cada oportunidad, y eso es exactamente lo que no se puede hacer con algo que uno desea. La decisión general no elimina la ambivalencia; le quita el voto. Cada vez que la reabrimos, se lo devolvemos.
Y esto no es exclusivo de las adicciones. Ahí se ve mejor porque los costos son más altos, pero opera en todas partes. Es más fácil comer sano todos los días que comer sano la mitad de los días. O, mejor dicho: es más fácil comer sano todos los días menos uno, siempre el mismo, y ese día no se cambia. También funciona “todos menos uno, sábado o domingo”: se admite cierta flexibilidad, pero delimitada de antemano. Estirarla un poco más rompe todo, porque en el momento en que la excepción queda a criterio del día, hay que decidir todos los días.
Con el ejercicio pasa igual. El que hace deporte todos los días, o de lunes a viernes, no tiene que decidir si hoy hará deporte. El que hace tres días a la semana “según cómo venga la cosa”, sí. En general no funciona. Y cuando funciona, a esa persona le cuesta mucho más que a la de los cinco días, aunque haga menos. Es una injusticia aritmética: trabaja menos y sufre más.
Sufre más por una razón que ya he mencionado en otra columna: es mucho más dura la anticipación de algo que nos cuesta, que estar en eso que nos cuesta. Es más pesado pensar en ir al gimnasio a levantar unas pesas que estar levantando las pesas. Hasta es más duro pensar en que hay que levantarse, que levantarse. Entonces el que deja abierta la decisión no se ahorra el esfuerzo: se somete a la anticipación todos los días, y la anticipación es la parte cara. Paga el precio completo de deliberar sin haber hecho todavía nada.
Visto así, la lucha que traen mis pacientes no es contra su carácter. Es contra un exceso de deliberación que nunca decidieron instalar. Cada mañana reabren un asunto que ya estaba resuelto, y lo reabren en el peor momento posible: cansados, apurados, con el cuerpo pesado y las razones frescas. La voluntad no se está gastando en el esfuerzo, sino en el trámite.
Por eso la rutina hace bien. Lo predecible hace bien. Se habla de la rutina como si fuera resignación, o rigidez, o falta de espontaneidad; y en algún sentido lo es. Pero también es esto otro: un favor que uno se hizo antes. Es lo que ya está y no tenemos que decidir, porque elegimos antes lo que nos convenía, en un momento en que estábamos lúcidos y sin apuro. No fue darnos un consejo a nosotros mismos y desearnos suerte. No fue decirnos “ojalá te resulte, ahí verás cuándo lo haces… y si lo haces”.
Un consejo se evalúa cada vez. Una decisión, no. Ahí está toda la diferencia.
Me parece que hay algo de alivio en esto, y por eso lo escribo. Cuando alguien concluye que le falta voluntad, hace un juicio sobre quién es: un juicio caro, difícil de revisar y que además suele ser falso. Cuando entiende que el problema era la cantidad de veces al día que tiene que convencerse de algo, el asunto se vuelve otra cosa: un problema de diseño, no de carácter. Y los problemas de diseño se arreglan.
Al final, la voluntad no es un músculo que hay que ejercitar cada mañana. Se parece más a una decisión que hay que proteger de ser reabierta. Y protegerla no consiste en querer más, sino en dejar de preguntar.
Por Joaquín Novoa




