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El tercer integrante de la pareja
3 de febrero de 2026 · Por Joaquín Novoa

Nunca entendí bien el concepto de persona jurídica. ¿Por qué "persona"? Justamente aquello que no es. Una empresa -en apariencia- está hecha de números, documentos, trámites. Pero más tarde, cuando formé con mis socios una pequeña empresa, Alerce Psicólogos, lo entendí con una claridad inesperada. Para el sistema era Grupo Alerce SpA. Para nosotros, un tercero, como un socio más. Algo que se relacionaba con el entorno -sobre todo con el SII- del mismo modo en que lo hace una persona "natural": declarando, recibiendo y, especialmente, pagando.
Pero se volvió, sobre todo, algo que había que cuidar. Descubrimos entonces que la existencia de esta persona jurídica implicaba un cambio silencioso pero profundo: ya no se trataba de velar por lo que cada uno quería o necesitaba, sino por lo que Alerce requería para existir bien. Era extraño, porque empezó a regirnos y a mandarnos, con la misma fuerza que dependía de nosotros, de nuestras decisiones. De nuestra voluntad de mantenerlo vivo. Podíamos pagarnos más, sí. Pero eso dañaba a Alerce. De hecho, fuimos nosotros quienes tuvimos que empezar a pagarle a Alerce por el uso de las oficinas, que hasta entonces creíamos nuestras. Ahora le pertenecían a esa entidad nueva, distinta, casi independiente.
En todo caso, esta columna no es sobre contabilidad.
Pienso en esto a veces en sesión con parejas: en cómo se vuelve útil pensar la relación como una persona jurídica. La pareja no es ninguno de los dos. No es lo que uno quiere ni lo que el otro teme. Es aquello que formaron de mutuo acuerdo. La Pareja -así, con mayúscula- es la empresa. Y cada uno de los fundadores es un socio.
Y como toda persona jurídica, la Pareja también puede enfermar, prosperar, endeudarse, agotarse o crecer. Puede ser cuidada o descuidada. Puede recibir inversiones o quedar desfinanciada. Puede sostenerse con un cierto orden o hundirse por pequeños desgastes acumulados. Y, sobre todo, puede quebrar sin que ninguno de los socios haya querido realmente que ocurriera.
A veces, en pleno conflicto, cada integrante llega a sesión como si viniera a defender su patrimonio personal: "lo que yo he hecho", "lo que tú no entiendes", "lo que yo merezco". Pero la pregunta que realmente importa -la que pocos formulan sin ayuda- es otra: ¿Qué necesita la Pareja?
Y aquí quizás toma distancia de la imagen de una empresa, porque la Pareja -esperemos- no es un ente financiero. Lo que necesita es más simple, pero más difícil: que cada uno atienda, de buena fe, las necesidades del otro. Sin examen previo, sin cálculo, sin estar a la defensiva. Pero en la práctica suele ocurrir lo contrario: cada uno está atento a los argumentos que justifican su propio malestar. Y sin embargo, nada nos da más ganas de hacer lo que el otro pide que sentir que el otro, a su vez, está dispuesto a hacer lo que necesitamos.
Cuando se empieza a plantear así, casi siempre la hostilidad se calma. Los reproches se reorganizan. Aparece una sensación de responsabilidad compartida y -al principio- contraintuitiva: la responsabilidad de proteger el terreno del otro. Eso que es, al inicio, disonante, se vuelve de pronto obvio. Porque en la Pareja el bienestar depende del afecto, y el afecto se expresa en el cuidado de aquello que el otro necesita.
En el camino, si es bien recorrido, se logra: la pareja descubre que no era que uno diera demasiado y el otro muy poco. Era que nadie estaba mirando al tercero. Cada uno trataba de demostrar la relevancia de su parte del capital. Sin advertir que ese capital solo tiene valor dentro de la empresa, dentro de la Pareja. Fuera de ella, son billetes de Monopoly.
Y cuando lo ven -eso que crearon juntos- la conversación cambia. Baja la intensidad, la vehemencia, lo categórico de las afirmaciones. Pero sobre todo, se debilita ese impulso de convencer. Algo se vuelve más humano, más sencillo. Como si ambos recordaran, de pronto, que la Pareja no existe para equilibrar cuentas, sino para sostener un modo de estar acompañados.
Porque al final, lo que mantiene viva a esta persona jurídica no son las grandes declaraciones ni los pactos perfectos. Son gestos elementales, que sobreviven al paso del tiempo: atender lo que el otro necesita, incluso cuando uno está cansado; ceder un poco sin miedo por estar renunciando a algo; aceptar que, a veces, para conseguir lo que queremos, tenemos que perder algo que también queremos. Y, al final, tener presente que el bienestar del otro es también el propio.
Quizás ahí está lo esencial: que la Pareja no se apoya en la orgullosa convicción de unos individuos sobre sus derechos, sino en la disposición -a veces modesta, a veces torpe y, por supuesto, siempre imperfecta- de cuidar ese espacio común que solo existe si ambos lo mantienen vivo.
Por Joaquín Novoa




