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Gracias por nada

13 de agosto de 2026 · Por Joaquín Novoa

Gracias por nada

Habitualmente se entiende que el cambio viene de una motivación inicial. La motivación suele entenderse como un estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta. Entonces, se dibuja un esquema más o menos así:

Motivación → Acción → Cambio / Hábito / Logro

La motivación aparece como causa. Pero esa lógica obliga de inmediato a formular una pregunta demasiado difícil de resolver: ¿cómo se genera motivación? ¿Qué produce esa materia prima?

A veces emerge sola, pero es frágil. Con algo de ironía les pregunto a mis pacientes: "¿Qué día del año hay más gente en los gimnasios?". Varios aciertan: "El primer lunes de enero". El segundo lunes, sin embargo, ya se han esfumado varios. Yo mismo, por ejemplo. Porque ese impulso inicial que surgió como resolución de año nuevo suele diluirse rápido entre las peripecias de la vida cotidiana.

En algún momento, pensando en esto, llegué a una conclusión: la motivación no es la causa o, al menos, no la causa principal. Me resistí a la definición: no es eso lo que activa la acción. Entonces pensé en un nuevo esquema:

Decisión → Acción → Motivación → Consistencia → Cambio / Hábito / Lo que sea

Ahora el origen estaba en la decisión. No esperar el impulso, la sensación, las ganas. En otro texto hablaba de esa espera y decía que "el cambio no empieza porque uno se siente distinto, sino porque uno decide que empezará, sintiéndose igual". Dicho de otro modo, que la motivación suele ser una consecuencia, más que la causa de un cambio. En este esquema, además, la decisión no ocurre solo al inicio: vuelve cada vez que la motivación se debilita, hasta que algo de consistencia permite que el cambio empiece a tomar forma.

Pero seguí atendiendo pacientes. Y cada vez se me hizo más insuficiente. Tuve que admitir que el problema era casi el mismo: ¿cómo se toma una decisión? ¿Qué produce esa materia prima?

Hablaba con personas motivadas y con personas que no lo estaban. Con quienes siempre habían actuado con ímpetu, de manera proactiva, casi naturalmente orientadas hacia la acción. Pero también con quienes habían funcionado así durante años y, de pronto, dejaron de hacerlo. ¿Cuál era la diferencia entre unos y otros? ¿Qué había pasado con quienes dejaron de sentirse motivados?

Otra vez reescribí el esquema. Porque tal vez a quienes dejaron de sentirse motivados no les ocurrió algo. Tal vez les dejó de ocurrir algo. Y aquello que se les fue, a veces algo etéreo, se llevó consigo algo todavía más intangible y, sin embargo, demasiado real: el sentido.

Debí haberme dado cuenta antes. Siempre les digo a mis colegas que las personas no cambiamos por pensar algo, sino por sentir algo. Y "sentido", dice la RAE, viene "de sentir". Luego incluye once acepciones. Entre ellas, "razón de ser". Y de razón pasamos a "motivo"; y de motivo, a aquello "que mueve o tiene eficacia o virtud para mover". La cercanía semántica se vuelve evidente. Pero creo que hay una jerarquía: la motivación ya contiene al motivo. Por eso, en la nueva secuencia, solo agregué una palabra al inicio:

Sentido → Decisión → Acción → Motivación → Etc.

Y me pareció aceptable imaginar otros órdenes, siempre que el sentido mantuviera el primer lugar. Por ejemplo:

Sentido → Motivación → Acción → Etc.

Esta vez no parecía haber vuelto a la misma pregunta por el origen, que complicó primero con la motivación y después con la decisión. Porque el sentido siempre está. A veces es demasiado fácil, obvio, como resignar el sueño para cuidar de un nuevo hijo. A veces es igualmente obvio, pero doloroso, como sentarse horas junto a esa vieja a la que quieres tanto, aunque ella ya no te recuerde. Otras veces es simplemente doméstico: guardamos las compras del supermercado para que no se descompongan.

Pero siempre está.

Y cuando queremos cambiar, es ese sentido el que está presionando. Porque quiere ser visto, porque quiere salir o porque necesita tomar forma.

Quizás en este punto alguien diga "gracias por nada". Y puedo entender la disconformidad. Pero es que solo quería decir eso: que lo que sea que nos hará cambiar existe siempre, y existe dentro nuestro. No siempre lo reconocemos como sentido; a veces aparece primero como malestar, deseo, cansancio o necesidad. Puede aparecer como síntoma o como señal, pero sobre todo como evidencia. De que vivimos sintiendo. Y ahí está la materia prima del sentido.

Por Joaquín Novoa

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