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Lunes

3 de febrero de 2026 · Por Joaquín Novoa

Lunes

Casi todos, en cualquier momento de nuestras vidas, nos topamos con algo que queremos cambiar. Dejar de fumar, hacer deporte, tener más vida social, aprender algo nuevo, tener esa conversación, escribir el libro postergado, ordenar el closet. Siempre hay un proyecto pendiente, que recordamos con incomodidad mientras esperamos el día en que nos tocará partir de una vez por todas. Creo que muchas veces, sin embargo, ignoramos la complejidad de la espera.

La espera es más bien silenciosa en su actuar y se presenta en distintos niveles. El primero es claro, bien definido: empezar el primero de enero, el próximo lunes o cuando partan las clases. El segundo es algo más difuso, pero todavía delimitable: cuando baje el estrés, cuando terminen los exámenes, cuando los niños estén más grandes. El tercer nivel es el más silencioso, el más ambiguo. Y es también el más frecuente: cuando me sienta de cierta manera. No es una frase que uno piense literalmente. Es más bien una sensación que sostiene el esperar, como si en algún momento fuéramos a amanecer distintos, finalmente listos.

En esa forma incierta no esperamos un día ni una condición externa: esperamos una identidad. Una versión mejorada de nosotros mismos, más lúcida, más motivada, más capaz de hacerse cargo. Un yo que vendrá a abarcar lo que el yo de hoy no tiene fuerza, tiempo, coraje ni motivación para abarcar.

Ese yo imaginado es atractivo, casi inevitable; pero esconde un problema metodológico profundo. Primero, que cada día que pasa para mí, pasa también para ese yo del futuro: no se acerca, se desplaza. Y segundo, que no existe. No hay una versión más preparada de nosotros esperando en algún punto del calendario. Lo único que existe, con sus limitaciones y defectos, es el yo disponible, el que está leyendo esto.

Pensar que el cambio depende de sentirnos de cierta manera es, sin darnos cuenta, una forma de delegación. Creemos que esperamos un estado emocional, pero en realidad estamos resignando al yo presente. Es una disociación sutil y elegante. Nadie diría "me estoy escabullendo de mí", pero eso es, justamente, lo que ocurre. Le endosamos el proyecto a un personaje que no vive en el mundo real, como si la responsabilidad no fuera enteramente nuestra. Pero no es verdad: el yo futuro no emerge preparado; hereda exactamente las mismas condiciones del yo presente, solo con más cansancio, más frustración y más hábito de postergar.

La constatación es simple y tajante: ese otro yo no existe. Y lo que no existe no puede hacerse cargo. No es necesario argumentar demasiado la inexistencia de un otro yo. Pero no constatarlo, lleva a delegarle el cambio. Y en esa delegación quedamos detenidos, atrapados en una fantasía que parece planificación, pero es postergación. Y aunque no queremos postergar, siempre es más fácil elegir quedarnos quietos. O lo que es lo mismo, no elegir nada. Esperando sentir algo que no sabemos qué es, pero que supuestamente nos permitirá avanzar.

Sin embargo, puede que la salida no sea proponerse un plan detallado ni un "paso uno". Pueden ayudar, pero son insuficientes. La salida podría ser algo más honesto, menos táctico; espiritual, en todo caso: abandonar la idea misma de ese yo futuro. Asumirse solo, en ese sentido, y ocupar el único lugar donde algo puede ocurrir: el presente, con el yo que ya está.

Porque el cambio no empieza porque uno se siente distinto. Empieza porque uno decide que empezará sintiéndose igual.

Ahí, por fin pasa algo. Cuando dejamos de esperar un yo futuro, el proyecto deja de ser un asunto de inspiración o de ánimo, y pasa a ser un acto deliberado: asumir que lo voy a hacer yo, justo así como estoy. Sin épica, sin condiciones, sin emocionalidad perfecta. Con esta energía, con esta agenda y con este día a medio andar. Es un cambio pequeño pero decisivo: dejo de imaginarme motivado y empiezo a verme responsable; dejo de imaginarme listo y empiezo a verme protagonista. El único yo disponible, con toda su imperfección, se vuelve suficiente para empezar.

Y a veces, la sensación de estar listo aparece más tarde. Descubrimos que lo habíamos entendido al revés. Descubrimos que la motivación es -casi siempre- una consecuencia. Y que las cosas que hacemos, muchísimas veces, no dependen tanto del impulso, la energía o el valor. Quizás la mayoría de las cosas que hacemos, es solo porque creemos que podemos hacerlas.

Por Joaquín Novoa

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