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Manual para desordenados

3 de febrero de 2026 · Por Joaquín Novoa

Manual para desordenados

En las parejas, cuando alguien pide un cambio importante, ambos suelen imaginar una tarea titánica. Ser más ordenado, más cariñoso, comunicar mejor, equilibrar las responsabilidades familiares. Todo se ha vuelto enorme, a veces inabordable. En parte porque cada uno ve al otro demasiado distinto en aquello que duele: uno es de piel, el otro es más contenido; uno es ordenado, el otro va dejando rastros por cada espacio que ocupa. Y cada uno siente que vive con una versión del otro que parece hermética, implacable, imposible de mover.

Entonces ocurre lo de siempre: quien pide teme estar exigiendo demasiado, y quien recibe la petición siente que tendría que dejar de ser quien es. Porque si no ha hecho ese cambio antes, no es por falta de cariño; es, sencillamente, porque no forma parte de su repertorio. Sorprende, por ejemplo, que muchas personas desordenadas casi literalmente no vean lo que ve la gente ordenada.

Aquí es donde aparece el punto central: en la mayoría de los casos, el cambio que hace falta es mucho menor de lo que ambos imaginan.

No se trata de transformarse, sino de mover algo que es pequeño en acto, pero enorme en significado. Y, paradójicamente, aquello que se necesita suele ser muy concreto, casi pedestre, aunque cuesta verlo porque las discusiones se llenan de palabras demasiado grandes: personalidad, compatibilidad, maneras de ser. Y esas -sabemos- no cambian fácilmente.

Pensemos en algo tan cotidiano como el orden. El ordenado no sufre porque la casa no esté impecable; su malestar viene de otro lugar, más íntimo: sentir que vive en un espacio que el otro descuida. Por cierto, el ordenado no lo sabe, pero no tiene problemas con hacer cosas "de más" para que los espacios estén como quiere; no le molesta acomodar un cojín fuera de lugar; lo que le frustra es tropezar con el mismo par de zapatos en el pasillo por enésima vez.

Por su parte, lo que agota al desordenado no es recoger sus zapatos, sino creer que se le está exigiendo convertirse en una persona distinta y estar permanentemente alerta a cosas que, sencillamente, no ve. Solo pensarlo le estresa.

Pero cuando ambos descubren que no hacía falta tener el clóset ordenado por colores, sino simplemente sacar los zapatos del camino, no dejar la toalla mojada sobre la cama y tapar la pasta de dientes, algo se desanuda. El desordenado hace esas tres cosas y el ordenado, de pronto, sin querer, deja de sentir ese malestar diario.

Lo mismo puede ocurrir con el cariño. El más afectuoso suele imaginar que el otro debe volverse alguien de piel; y el más contenido teme tener que forzar un modo de querer que no le nace. Pero el gesto que se necesita es mucho más simple: saludar con afecto, un abrazo breve al llegar, diez minutos de conversación, tomar la mano un momento en la calle. Pequeño en acto, enorme en significado.

Y así pasa con muchas cosas. En la práctica, los grandes conflictos de pareja rara vez se resuelven con grandes transformaciones. Se resuelven con pequeños desplazamientos afectivos que cambian el clima de la relación. Porque la fuerza de esos gestos no está en lo que cuestan, sino en lo que dicen: te veo, tengo presente lo que te molesta o te duele. Pienso en ti, todos los días.

Al final, el desafío en la pareja no es cambiar de personalidad. Es encontrar qué parte de uno puede moverse un poco para que el otro sienta que está siendo considerado y querido. Querido como es, obsesivo o meloso. Ahí, en esos gestos mínimos, aparecen oportunidades que sorprenden por su efecto. Y cuando esos gestos llegan, no solo mejora la convivencia, se alivia algo mucho más profundo y decisivo: la sensación de no ser una prioridad para el otro.

Por Joaquín Novoa

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