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Qué me importan lo que piensen de mí

3 de febrero de 2026 · Por Joaquín Novoa

Qué me importan lo que piensen de mí

"Que no me importe lo que piensen los demás de mi". Es una frase típica. Muchas veces los pacientes me dicen que es algo a lo que quieren llegar: una meta, una forma de libertad interior. Y se entiende. La frase suena sensata; si logro soltar el peso del juicio ajeno, podré vivir más ligero.

Pero algo no termina de convencer. Porque sí importa -al menos un poco- lo que los demás piensen. Somos seres en relación; convivir implica considerar el efecto que causamos, reconocer que nuestra identidad también se construye en la mirada del otro. Ignorarla por completo no sería independencia, sería desconexión. Aunque tal vez estoy siendo demasiado literal, porque la frase intenta decir algo más acotado, ¿verdad? Que no nos afecten las críticas, que no vivamos condicionados por la opinión ajena. Y sí, de acuerdo. Pero, aun así, creo que el conflicto está en otro lugar.

La mayoría de las personas no se pasa el día evaluando a los demás. Y cuando lo hacen, casi siempre se trata de algo que ya sabíamos. Si alguien nos ve como acelerados, distraídos o reservados, probablemente no nos sorprende. Nos lo han dicho muchas veces: los amigos, en las bromas de siempre; los jefes, en las evaluaciones de desempeño con sus "espacios de mejora": en ocasiones se muestra menos atento que sus pares en instancias de bla, bla, bla… En la casa nos dicen que somos "cabeza de pajarito", y los amigos nos imitan hablando demasiado rápido.

No son, en general, cosas que duelan demasiado. Las conocemos, las reconocemos. Y las mantenemos, por cierto. Parece que ni nos molestan lo suficiente como para intentar cambiarlas. ¿Qué es lo que duele, entonces? Quizás lo que sí duele es lo que imaginamos que podrían pensar los demás. Y esa fantasía suele tener muy poco que ver con ellos, y mucho que ver con nosotros. Es, en su forma más simple, la popular proyección: atribuir a los demás lo que en realidad nace de uno.

Lo que tememos no es el juicio ajeno, sino la posibilidad de que el otro confirme nuestros propios juicios internos. Nuestros mayores temores sociales: miedo a parecer tontos, aburridos, desagradables. Miedo a que, al mirarnos desde fuera, alguien vea lo mismo que tememos ver por dentro. Algo que, de ser real, nos dolería muchísimo.

No se trata, la mayoría de las veces, de algo que realmente seamos. Se trata de algo que podríamos llegar a ser, o que alguien alguna vez insinuó que éramos, y que desde entonces nos ronda como una sospecha. Una versión temida de uno mismo: aquella que no reconocemos como cierta, pero que nos dolería profundamente encarnar. Por eso, el juicio del otro no nos hiere por su precisión, sino por su posibilidad.

Y quizá por eso nos cuesta tanto separar lo que los demás piensan de lo que pensamos nosotros. Porque en el fondo, no tememos la opinión ajena: tememos la coincidencia. Esa posibilidad de que el otro confirme una sospecha que no es cierta, que confirme esa identidad temida.

No se trata de ignorar lo que piensen los demás, sino de observar los juicios que hacemos de nosotros mismos: desechar, de una vez por todas, los que no reconocemos como propios y, los que sí, trabajarlos si nos vale la pena. Así, el temor pierde fuerza y la mirada ajena se vuelve más liviana, casi anecdótica. Descubrimos que cierta libertad no aparece cuando el resto deja de mirar, sino cuando entendemos que el peligro nunca estuvo en el mundo exterior.

Por Joaquín Novoa

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