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Qué necesidad
13 de agosto de 2026 · Por Joaquín Novoa

Llega un paciente pensativo, dudando de sí mismo. Trabaja mucho, entrena temprano, estudia de noche. Está construyendo algo y le está resultando. El fin de semana, en un almuerzo familiar, alguien le dijo -medio en broma, con esa liviandad que tienen los almuerzos familiares- que era obsesivo.
-No me lo dijo con mala intención. Pero no sé...
Está tranquilo, pero igual empieza a defenderse frente a mí, que no lo estoy acusando de nada. Me explica que tiene amigos, que descansa, que hace todo esto porque quiere y no porque no pueda parar. Trae pruebas. Ha preparado un caso.
Es una escena que veo seguido, con distintos disfraces. Y lo importante no es el comentario, ni si el comentario era justo. Lo importante es que funcionó.
Podríamos, si quisiéramos, discutir el fondo. Revisar si hay algo obsesivo en su manera de vivir; a veces lo hay. Pero eso sería quedarse en el contenido, y lo que me interesa acá es el mecanismo. Porque ese comentario no era, en realidad, un diagnóstico. Era una corrección de rumbo.
Hay una imagen que uso a menudo en consulta: la campana de Gauss. La distribución normal, esa curva que se levanta en el medio y se aplana hacia los lados. Parecida a la famosa serpiente que se comió un elefante. Casi todo lo humano se ordena así: la estatura, las horas de sueño, la ansiedad basal, la cantidad de contacto físico que alguien necesita para sentirse querido, el trabajo que uno puede sostener sin quebrarse. La inmensa mayoría se apretuja en el centro. Los extremos quedan habitados por muy pocos.
Lo interesante no es la forma de la curva. Es que el centro tiene fuerza. El centro no solo describe: presiona. Y presiona siempre hacia sí mismo.
Por cierto, no es exclusivo del centro. Cualquiera intenta lo mismo desde donde está: el de un extremo también quisiera arrastrar al del otro, y a veces con más vehemencia. Pero la fuerza no es comparable. Quien habla desde el centro habla avalado por una mayoría aplastante. No necesita argumentar; le basta con constatar. Cuando alguien dice "eso no es normal", o "nadie hace eso", no está opinando: está citando un censo.
¿Y por qué nos incomoda tanto la diferencia? Creo que porque puede obligar a pensar. A veces, sin que nadie nos haya nombrado, esa diferencia nos hace sentir particularmente increpados. Como si estuviera apareciendo en oposición a algo propio. Como si la persona con pelo rosado estuviese gritándonos "¡Aburridos!". Alguien que vive distinto puede ser, sin proponérselo, una pregunta sobre nuestra propia vida. Si él se levanta a las cinco, ¿qué estoy haciendo yo? Si ella dejó todo y se fue, ¿por qué yo no? Y ese que camina por la calle tranquilamente con esa ropa… La diferencia no molesta por sí misma, molesta porque abre un expediente que teníamos cerrado. Cansa. Y cuando algo cansa, queremos corregirlo.
Lo notable es que esa corrección casi nunca llega como orden. Llega traducida. Para cada cosa que alguien hace un poco más allá del centro, el idioma tiene disponible una palabra ligeramente distinta, aunque siempre peor:
No eres determinado, eres obsesivo.
No es motivación, es trabajoholismo.
No es distinto ni novedoso: es pretencioso.
No es original, es raro, excéntrico.
No es orden, es manía.
No es seguridad, es histrionismo.
No es austeridad, es tacañería.
No es cuidado, es exageración.
Cada una de esas frases es un pequeño empujón. Ninguna prohíbe nada, todas invitan a volver. Y como vienen envueltas en el mismo hecho que están describiendo, son difíciles de rebatir: la traducción no está negando lo que uno hace, está renombrándolo. No discute el dato, le cambia el signo.
A veces ni siquiera aparece como crítica. Aparece como preocupación, que es la versión más difícil de rechazar: te lo digo con cariño, me preocupa que te exijas tanto, no quiero que después te pase la cuenta. Ahí el afecto vuelve el mensaje incontestable. Uno no puede defenderse del cariño desinteresado.
Y aquí conviene ser justo: no creo que haya mala intención. O al menos, esperemos que no. Casi siempre es exactamente lo que dice ser -una broma, una inquietud, un comentario al pasar- y quien lo hace no tiene idea de que está ejerciendo una fuerza. Yo lo he hecho muchas veces. Todos hemos mirado a alguien y pensado qué necesidad. Ese pensamiento no es maldad. Es el centro operando dentro de nosotros, que también nos tiene.
Saber esto no vuelve inmune a nadie. A mi paciente le seguirá dando vueltas el comentario del almuerzo. Pero cambia el estatus de lo que llegó. Un juicio así no es una sentencia sobre quién uno es. Es, apenas, una medición de distancia. Dice mucho más sobre dónde está parado el que habla que sobre dónde está parado uno.
Y quizás valga la pena recordar que casi todo lo que a uno le importa de su propia vida -lo que le costó, lo que eligió, lo que sostiene cuando nadie mira- ocurre justamente ahí: un poco lejos del centro.
Por Joaquín Novoa




